Por Fran J. Ruiz
Fotografiar es, en cierto modo, acercarse a aquello que no puede ser capturado completamente. Toda fotografía recorta, encuadra y deja algo fuera. En ese gesto de seleccionar una imagen aparece también un vacío: aquello que queda fuera de campo, lo que no se muestra, pero que, precisamente por no estar, hace posible la imagen.
En este punto podemos encontrar una interesante resonancia con el psicoanálisis lacaniano. Para Lacan, el sujeto está atravesado por una falta que no puede ser colmada. El agujero no es un vacío que deba llenarse, sino un lugar alrededor del cual podemos construir algo, decir algo, crear.
La fotografía puede convertirse así en un espacio de creación y de intervención: una manera de bordear el agujero a través de la imagen. No se trata de utilizar la fotografía para ilustrar lo que somos ni de buscar una representación definitiva de nosotros mismos, sino de permitir que una imagen abra preguntas, produzca asociaciones y haga surgir algo de aquello que no sabíamos que estaba ahí.
El encuadre fotográfico funciona entonces como un límite: incluye y excluye, muestra y oculta. Como en el trabajo analítico, no se trata de encontrar una respuesta que cierre el sentido, sino de poder detenerse en aquello que insiste, en aquello que falta y que, sin embargo, nos mueve.
Desde esta perspectiva, la fotografía puede ser un modo singular de creación subjetiva: una práctica para mirar, recortar, perder y volver a mirar. Un espacio donde la imagen no pretende cerrar el agujero, sino bordearlo y hacer de ese borde un lugar posible para la creación.